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𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
Paseando por Brujas es fácil quedarse embobado con sus canales, sus puentes y sus casas medievales.
Pero hay un rincón que esconde una historia muy distinta.
Un lugar donde, hace casi ocho siglos, las mujeres decidieron vivir sin depender de un marido ni encerrarse para siempre en un convento.
Ese lugar es el Beaterio de Brujas (Begijnhof Ten Wijngaarde).
A primera vista parece un remanso de paz, con sus casitas blancas, sus árboles y un silencio que sorprende.
Sin embargo, durante la Edad Media fue una pequeña ciudad habitada únicamente por mujeres que desafiaron, a su manera, las normas de su tiempo.
Las beguinas aparecieron en Europa a finales del siglo XII y principios del XIII.
Eran, en su mayoría, mujeres solteras o viudas que querían llevar una vida de recogimiento, trabajo y ayuda a los demás, pero sin ingresar en una orden religiosa.
Y ahí estaba la gran diferencia.
No hacían votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia como las monjas.
Si en algún momento cambiaban de opinión, podían abandonar la comunidad, recuperar su vida anterior e incluso casarse.
Aquello era algo completamente inusual para la época.
Eran mujeres profundamente religiosas, pero también independientes.
Las beguinas no dependían económicamente de ningún hombre.
Se mantenían gracias a su esfuerzo diario.
Cultivaban pequeños huertos, confeccionaban ropa, hilaban lana, tejían telas y, sobre todo en Flandes, elaboraban el famoso encaje de bolillos que hizo célebre a Brujas durante siglos.
Además, muchas trabajaban como enfermeras, cuidadoras o maestras, atendiendo a enfermos, ancianos y personas necesitadas de la ciudad.
Su forma de vida demostraba que una mujer podía mantenerse por sí misma en una época en la que eso era casi impensable.
El Beaterio estaba rodeado por canales, muros y una gran puerta de acceso.
Al caer la noche, esa puerta se cerraba.
En su interior había casas, jardines, una iglesia, patios y todos los espacios necesarios para la vida diaria.
Era casi una pequeña ciudad independiente donde solo vivían mujeres.
No era una fortaleza militar, pero sí un lugar pensado para ofrecer seguridad en una época en la que viajar sola o vivir sin la protección de un hombre podía ser muy peligroso.
¿Por qué despertaban tantas sospechas?
Precisamente porque rompían con el modelo tradicional.
No eran esposas.
No eran monjas.
No obedecían directamente a un marido ni seguían la disciplina estricta de una orden religiosa.
Esa independencia hizo que algunos sectores de la Iglesia las miraran con desconfianza.
En varias ocasiones fueron acusadas de difundir ideas consideradas heréticas y algunas comunidades de beguinas sufrieron persecuciones.
La más conocida fue Margarita Porete, una beguina francesa que fue condenada por herejía y quemada en la hoguera en París en 1310 por negarse a retractarse de su obra "El espejo de las almas simples".
Aun así, muchas comunidades lograron sobrevivir durante siglos gracias al apoyo de las ciudades donde residían.
El Beaterio de Brujas siguió habitado por beguinas hasta bien entrado el siglo XX.
La última beguina que vivió allí falleció en 1927.
Desde entonces, el lugar pasó a ser ocupado por una comunidad de monjas benedictinas, que todavía mantienen vivo su ambiente de recogimiento.
En 1998, el Beaterio de Brujas, junto con otros doce beaterios flamencos, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, como reconocimiento a un modelo de vida único en la Europa medieval.
Hoy, algunas antiguas viviendas vinculadas a estos históricos beaterios —aunque no las que forman parte del recinto protegido de Brujas— se han transformado en pequeños hoteles y acogedores Bed & Breakfast. Dormir en una de esas casas permite imaginar cómo era la vida de aquellas mujeres que, hace más de setecientos años, decidieron escribir su propia historia cuando casi nadie esperaba que pudieran hacerlo.
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𝑳𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒊𝒏𝒗𝒆𝒏𝒕𝒐́ 𝒆𝒍 𝑴𝒐𝒏𝒐𝒑𝒐𝒍𝒚 𝒚 𝒄𝒂𝒔𝒊 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒔𝒖𝒑𝒐
Durante muchos años se repitió la misma historia: que el Monopoly lo había inventado un hombre llamado Charles Darrow durante la Gran Depresión y que, gracias a su idea, se hizo millonario.
Suena a típico relato de éxito americano.
El problema es que no era verdad.
La verdadera creadora del juego fue Elizabeth “Lizzie” Magie, una mujer brillante y bastante combativa que lo había diseñado décadas antes, en 1904.
Su versión se llamaba The Landlord’s Game (El juego del terrateniente) y no nació para entretener solamente.
Tenía un propósito muy claro: demostrar lo injusto que podía ser el sistema de monopolios y el acaparamiento de tierras.
Lizzie Magie nació el 9 de mayo de 1866 en Macomb, Illinois.
Creció en un ambiente muy marcado por las ideas sociales.
Su padre, James Magie, era editor de periódicos y abolicionista, así que en casa se hablaba mucho de justicia y derechos.
Aquello le dejó huella.
Fue una mujer muy poco convencional para su época.
Trabajó como estenógrafa y mecanógrafa, escribió relatos y poesía, actuó en comedia e incluso inventó dispositivos técnicos.
En 1893 patentó un sistema para mejorar el paso del papel en las máquinas de escribir.
No era precisamente alguien que se quedara quieta.
Tampoco encajaba con lo que se esperaba de una mujer a finales del siglo XIX.
Permaneció soltera hasta los 44 años, algo bastante raro entonces.
En 1910 se casó con Albert Wallace Phillips, un empresario mayor que ella, y desde ese momento a veces firmaba como Elizabeth Magie Phillips.
No tuvieron hijos.
Pero lo que realmente la distinguía era su carácter provocador.
En 1906 publicó un anuncio en un periódico que dejó a mucha gente escandalizada.
Se ofrecía como “joven esclava estadounidense” al mejor postor.
No era una broma ni una locura: era una forma de denunciar que, sin independencia económica ni derechos, muchas mujeres vivían prácticamente como propiedad de otros.
Su juego también era una crítica social.
The Landlord’s Game mostraba cómo, a medida que algunos jugadores acumulaban propiedades, los demás se arruinaban.
La idea era que la gente comprendiera lo destructivo que podía ser ese sistema.
Con el tiempo, el juego empezó a circular de forma informal.
La gente lo copiaba, cambiaba reglas y lo enseñaba a otros.
Así fue transformándose poco a poco… hasta que apareció Charles Darrow, que tomó una de esas versiones y la vendió como propia.
En 1935, la empresa Parker Brothers compró la patente de Magie por solo 500 dólares.
Le prometieron publicar también otros juegos suyos para difundir sus ideas económicas, relacionadas con el georgismo.
En realidad, lo hicieron para evitar problemas legales y despejar el camino al Monopoly de Darrow, que se convirtió en un éxito mundial.
Mientras él ganaba una fortuna, Lizzie quedó prácticamente olvidada.
Murió en 1948, con 81 años, en Arlington (Virginia).
En sus últimos años trabajaba como mecanógrafa.
Lo más triste es que en su propio obituario ni siquiera se mencionó que había sido la creadora del juego que terminaría convirtiéndose en uno de los más famosos del mundo.
No fue hasta los años setenta cuando investigaciones periodísticas y procesos legales empezaron a sacar a la luz la verdad.
Poco a poco, su nombre volvió a aparecer donde siempre debió estar.
Hoy sabemos que el Monopoly no nació como un canto al capitalismo… sino como una crítica a él.
Y que detrás de ese tablero estaba la mente de una mujer que se adelantó varias décadas a su tiempo.
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boosted 𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
En algunas cervecerías grandes, sobre todo a finales del siglo XIX y buena parte del XX, existía un trabajo bastante curioso: el de catador de cerveza.
Uno de los lugares donde esto se hacía de forma muy seria era en la cervecería Carlsberg, en Copenhague.
Allí no solo fabricaban cerveza: también tenían su propio centro científico, el Laboratorio Carlsberg, creado en 1875 para estudiar todo lo relacionado con la elaboración de cerveza.
Eso incluía química, levaduras, fermentación… y también el sabor.
Porque por mucho que haya instrumentos, sensores o análisis químicos, hay algo que las máquinas no pueden medir del todo: cómo sabe realmente una cerveza.
Ahí entraban los catadores.
Su trabajo consistía en probar muchas muestras del mismo lote o de lotes distintos para detectar si algo había cambiado: un aroma extraño, una fermentación irregular, un amargor distinto o una cerveza que empezaba a estropearse.
No era “beber por gusto”.
Era comparar.
De hecho, la mayoría de las veces ni siquiera se tragaba la cerveza.
Se probaba, se movía en la boca, se evaluaba y luego se escupía, igual que hacen los catadores de vino.
Y aquí viene un detalle que suele contarse mal en muchas historias.
Lo del vaso de leche.
La leche a veces se usaba antiguamente para suavizar el paladar si se probaban bebidas muy fuertes o muy amargas, pero no era lo habitual en las catas profesionales de cerveza.
En realidad, lo más común era algo mucho más simple:
▪️agua
▪️pan blanco
▪️galletas neutras o crackers
Esos alimentos ayudan a limpiar el paladar sin dejar sabor.
Así cada cerveza se puede evaluar desde cero.
Además, los catadores trabajaban con reglas bastante estrictas. Por ejemplo:
▪️las cervezas se probaban a temperaturas concretas
▪️las muestras se servían sin saber qué lote era para evitar sesgos
▪️se evaluaban aroma, espuma, color, cuerpo y sabor
▪️y todo se anotaba en fichas muy detalladas
Y algo importante: no era un trabajo continuo durante horas.
El paladar se satura rápido.
Después de unas cuantas muestras, distinguir matices se vuelve mucho más difícil.
Por eso las sesiones de cata eran relativamente cortas.
Hoy muchas cosas han cambiado.
Las grandes cerveceras siguen teniendo paneles de degustación humanos, pero ahora se apoyan también en análisis químicos, sensores digitales e incluso inteligencia artificial para estudiar aromas y compuestos del sabor.
Aun así, el factor humano sigue siendo necesario.
Porque una cerveza no solo se analiza en laboratorio: también tiene que gustar cuando alguien la bebe.
Y para eso sigue haciendo falta algo muy antiguo.
Un buen paladar.
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𝑨𝒈𝒏𝒐́𝒅𝒊𝒄𝒆, 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒕𝒖𝒗𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒊𝒔𝒇𝒓𝒂𝒛𝒂𝒓𝒔𝒆 𝒅𝒆 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒔𝒆𝒓 𝒎𝒆́𝒅𝒊𝒄𝒂
La historia de Agnódice ocurre en la Atenas del siglo IV a. C., en una época en la que las mujeres no podían estudiar medicina.
De hecho, según el relato que ha llegado hasta nosotros, ejercerla podía costarles la vida.
Su historia aparece siglos después en un texto del escritor romano Higino, dentro de su obra Fabulae.
Por eso muchos historiadores creen que puede haber parte de leyenda, aunque el relato refleja bastante bien cómo era la sociedad de la época.
Según la tradición, Agnódice pertenecía a una familia acomodada de Atenas.
Eso le permitió educarse y viajar, algo poco común para una mujer entonces.
El motivo que la llevó a tomar una decisión tan radical fue bastante claro: muchas mujeres morían durante el parto porque se negaban a ser atendidas por médicos hombres.
El pudor y las normas sociales pesaban más que la propia salud.
Así que Agnódice hizo algo impensable para la época: se cortó el cabello, se vistió como hombre y abandonó Atenas para estudiar medicina en Alejandría, uno de los centros de conocimiento más importantes del mundo antiguo.
Allí estudió con el famoso médico Herófilo, considerado uno de los padres de la anatomía científica.
Fue uno de los primeros en estudiar el cuerpo humano de forma sistemática.
Cuando terminó su formación, regresó a Atenas todavía disfrazada de hombre y empezó a ejercer como médico.
Al principio muchas mujeres desconfiaban de aquel “joven médico”.
Entonces Agnódice hacía algo que solo ellas veían: levantaba discretamente la túnica para demostrar que era mujer.
Así conseguía su confianza.
Poco a poco empezó a ganar fama.
Cada vez más mujeres acudían a ella, especialmente para partos y problemas ginecológicos.
Y ahí empezó el problema.
Los médicos varones de Atenas comenzaron a perder pacientes y a sospechar de aquel joven que parecía tener tanto éxito con las mujeres.
Finalmente decidieron llevarla ante el tribunal más importante de la ciudad: el Areópago.
La acusación fue curiosa: decían que seducía a las pacientes y que muchas fingían enfermedades solo para verla.
Para defenderse, Agnódice tomó una decisión radical.
Ante los jueces levantó su túnica y reveló que en realidad era una mujer.
Eso desmontó la acusación de seducción… pero creó un problema mayor.
Si era mujer, entonces había violado la ley que prohibía a las mujeres estudiar y practicar medicina.
Y ese delito podía castigarse con la muerte.
Cuando parecía que la sentencia estaba decidida ocurrió algo inesperado.
Muchas mujeres de Atenas, incluidas esposas de hombres influyentes, acudieron al tribunal para defenderla.
Argumentaron que Agnódice había hecho lo que los médicos hombres no podían hacer: atenderlas con respeto y salvar vidas.
Según el relato de Higino, les dijeron a los jueces algo bastante directo:
que al condenarla estaban demostrando ser más enemigos que maridos.
La presión fue tan grande que el tribunal terminó retirando la condena.
No solo eso: también modificó la ley para permitir que las mujeres libres pudieran ejercer la medicina, al menos para tratar a otras mujeres.
No sabemos cuánto hay de historia real y cuánto de símbolo en este relato.
Pero la historia de Agnódice lleva siglos circulando como uno de los primeros ejemplos de mujeres que desafiaron las normas para poder estudiar medicina.
Y también recuerda algo bastante simple: durante mucho tiempo, muchas mujeres tuvieron que ocultar quiénes eran… solo para poder hacer su trabajo.
Aun así, el final de Agnódice es un misterio.
No existen registros fiables sobre cuándo ni cómo murió.
Su historia fue escrita siglos después por el autor romano Higino y muchos historiadores creen que mezcla hechos reales con leyenda.
Lo único que queda claro es el mensaje que ha sobrevivido: durante siglos, muchas mujeres tuvieron que ocultar quiénes eran para poder ejercer la medicina.
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/𝘈𝘭 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘳 𝘳𝘦𝘨𝘪𝘴𝘵𝘳𝘰𝘴 𝘷𝘪𝘴𝘶𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘮𝘱𝘰𝘳𝘢𝘯𝘦𝘰𝘴 (𝘧𝘰𝘵𝘰𝘨𝘳𝘢𝘧𝘪́𝘢𝘴 𝘰 𝘱𝘪𝘯𝘵𝘶𝘳𝘢𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢𝘴) 𝘥𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘨𝘭𝘰 𝘐𝘝 𝘢.𝘊., 𝘤𝘶𝘢𝘭𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳 𝘪𝘮𝘢𝘨𝘦𝘯 𝘲𝘶𝘦 𝘷𝘦𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘈𝘨𝘯𝘰́𝘥𝘪𝘤𝘦 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘢𝘳𝘵𝘪́𝘴𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘱𝘰𝘴𝘵𝘦𝘳𝘪𝘰𝘳, 𝘨𝘦𝘯𝘦𝘳𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘨𝘭𝘰𝘴 𝘟𝘝𝘐𝘐𝘐 𝘰 𝘟𝘐𝘟, 𝘣𝘢𝘴𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘦́𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘯𝘦𝘰𝘤𝘭𝘢𝘴𝘪𝘤𝘢/
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𝑯𝒆𝒅𝒚 𝑳𝒂𝒎𝒂𝒓𝒓, 𝒍𝒂 𝒂𝒄𝒕𝒓𝒊𝒛 𝒒𝒖𝒆 𝒂𝒚𝒖𝒅𝒐́ 𝒂 𝒄𝒓𝒆𝒂𝒓 𝒍𝒂 𝒕𝒆𝒄𝒏𝒐𝒍𝒐𝒈𝒊́𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝑾𝒊-𝑭𝒊
En 1933 una joven actriz austriaca apareció corriendo desnuda por el bosque en una película europea llamada Éxtasis.
Aquella escena fue suficiente para provocar un escándalo enorme en su época.
La actriz se llamaba Hedy Lamarr, aunque entonces todavía usaba su nombre real: Hedwig Kiesler.
La película fue prohibida en varios países y el propio Pío XII llegó a condenarla públicamente. Para muchos se convirtió en una cinta escandalosa.
Pero para ella también fue la puerta que hizo que medio mundo empezara a hablar de su nombre.
Poco después se casó con Friedrich Mandl, un empresario muy rico del sector armamentístico austriaco, con contactos en gobiernos europeos y negocios vinculados a la fabricación de armas.
Ese matrimonio, que desde fuera parecía glamuroso, fue en realidad muy restrictivo.
Mandl intentó controlar su carrera e incluso trató de comprar todas las copias de Éxtasis para que la película desapareciera.
Pero ese ambiente también tuvo un efecto inesperado.
En las cenas de negocios y reuniones a las que asistía con su marido se hablaba constantemente de tecnología militar, sistemas de guiado, torpedos y comunicaciones.
Ella escuchaba.
No participaba en las decisiones, pero prestaba atención.
En 1937 decidió escapar de ese matrimonio.
Según varias biografías, lo hizo aprovechando un descuido del personal de la casa.
Salió disfrazada, vendió joyas para financiar el viaje y logró llegar primero a Londres.
Allí conoció al poderoso productor de Metro‑Goldwyn‑Mayer, Louis B. Mayer, que la llevó a Hollywood y le sugirió un nuevo nombre artístico: Hedy Lamarr.
En pocos años se convirtió en una de las actrices más famosas del cine clásico.
Participó en películas como "Algiers" o "Samson and Delilah", y su imagen empezó a aparecer en carteles por todo el mundo.
Durante mucho tiempo fue considerada “la mujer más bella del cine”.
Pero fuera de los rodajes seguía interesándose por la tecnología.
Durante la Segunda Guerra Mundial colaboró con el compositor George Antheil en una idea bastante avanzada para su tiempo: un sistema de comunicaciones que cambiara constantemente de frecuencia para evitar que el enemigo pudiera interceptar o bloquear la señal.
En 1941 registraron una patente llamada “sistema de comunicación por salto de frecuencia”.
La idea era que transmisor y receptor fueran saltando entre diferentes frecuencias de radio de forma sincronizada.
En ese momento la Marina estadounidense no llegó a utilizar el sistema.
La tecnología disponible todavía no estaba preparada para aplicarlo fácilmente.
Pero décadas después ese principio empezó a usarse en comunicaciones seguras y terminó siendo una base técnica de tecnologías inalámbricas modernas como Wi‑Fi, Bluetooth y algunos sistemas de GPS.
Lo curioso es que durante muchos años casi nadie habló de ese invento.
Hedy Lamarr siguió siendo recordada sobre todo por su belleza y por sus películas.
No fue hasta los años 90 cuando empezó a reconocerse públicamente su aportación científica.
En 1997 recibió el Electronic Frontier Foundation Pioneer Award, un premio que reconoce contribuciones importantes a la tecnología.
Su historia tiene algo bastante irónico.
Mientras el público la veía como un icono del cine, ella estaba desarrollando una idea que terminaría influyendo en la forma en que hoy nos comunicamos sin cables.
Una actriz brillante, sí.
Pero también una inventora que pensaba mucho más allá del guion.
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